Cuando mi abuela decía que algo era "rico", lo decía con la mano, con un gesto que abarcaba todo el plato y lo dejaba flotando en el aire un segundo. Era un veredicto. No había apelación posible: si la nona dijo rico, era rico, y si dijo que la sopa estaba chirle, había que tirarla.

Durante años pensé que el gusto era algo natural, algo que uno tiene desde chico, como el color de los ojos. Después estudié un poco, y entendí que el gusto, ese supuesto territorio íntimo y personal, es en realidad un campo de batalla. Lo que nos resulta delicioso o asqueroso no es una respuesta instintiva: es el resultado de un montón de decisiones que otros tomaron antes que nosotros.

Quién decide qué se cocina

En la Argentina, durante el siglo XX, hubo una construcción explícita del gusto nacional. Las recetas que aparecían en Para Ti en los años 60 no eran un reflejo de lo que la gente comía: eran una propuesta de lo que debería comer. Y funcionaron. La pavita rellena en Navidad, el vitel toné, el ñoqui del 29 — todo eso es invención, marketing, política cultural disfrazada de tradición.

"El gusto es lo que el poder logró naturalizar como deseable." — Pierre Bourdieu, parafraseado libremente

Hoy pasa lo mismo, pero más rápido. Lo que es "rico" en 2026 está siendo decidido por algoritmos de Instagram, por una camarilla de chefs que se cita entre sí, por marcas que pagan para que un influencer ponga cara de sorpresa frente a una hamburguesa.

La política del paladar

Cada vez que elegimos un plato, estamos votando. Votamos por una cadena de suministro, por un modo de producción, por una manera de pensar el campo y la ciudad. El asado del domingo no es una elección neutral: es una postura.

Lo interesante es que el gusto también se puede educar. No para hacerlo "más sofisticado" — esa es una trampa de clase — sino para hacerlo más consciente. Para saber qué estamos comiendo, de dónde viene, qué cadena de manos pasó antes de llegar al plato.

Volver a la sopa de mi nona, pero sabiendo por qué está rica.